El rock argentino antes de la revolución beatle. Parte 3

Academias de danza, posters, clubes sociales, sacos americanos, revistas de la nueva ola. Una guía sobre el cuerpo y la estética del rock antes de los Beatles.

Víctor Tapia

6 noviembre, 2019

¿Dónde se baila el rock & roll?

Algunos lugares fueron una constante de todo el período 1955/1964, como los clubes de barrio o los auditorios de radio y televisión. Ambos sitios estaban protegidos por un aparato legislativo que impedía la utilización masiva de discos para animar y, en algunos casos, se sumaban legislaciones provinciales, municipales o reglamentaciones sindicales.

Otros sitios como las confiterías solo tuvieron funciones claves entre 1955/1958. Debido a que las orquestas de jazz fueron las primeras en tocar rock, era esperable que sus recintos fueran usados para la música nueva. El mañana aún utilizaba las estructuras del ayer.

Las boites, lugares nocturnos situados normalmente por el Bajo, tuvieron un rol importante para un público más adulto debido a las restricciones para su ingreso. Las relaciones con las redes de coperas y empresarios como Bravo aún deben ser analizadas, y es aquí dónde se encuentran nexos con sitios míticos como La Cueva, que puede denominarse el primer boliche de rock pero que también supo ser un sitio de jazz y nunca dejó de abrigar una convivencia de géneros en su interior.

Los carnavales fueron otra constante. Representaban tanto una enorme suma de ingresos monetarios para los músicos como, debido a las urgencias, un riesgo a la hora de viajar a localidades muy alejadas. Resultan otra muestra de la profunda relación circular que había entre artistas y público y una prueba del rol activo del público. En todos estos lugares, los músicos tocaban para que la gente bailara.

El número vivo, creación de los finales del periodismo, tuvo fuerza a fines de los 50. Disponía que toda sala cinematográfica contratara a músicos dentro de sus proyecciones. Junto al fenómeno del baile, es un indicio fuerte de cómo las salas de cine fueron uno de los primeros espacios argentinos donde se respiró fuerte al rock.

Las mismas calles fueron un espacio importante al albergar tanto bailes espontáneos como peleas entre tangueros y rockeros, fenómeno que músicos como Carlos Roney llegaron a presenciar en Mendoza. También hay que incluir a las sedes de clubes de fans como el de Bill Haley o el de Mr Roll (situado en Avenida San Martín 7244, CABA) o lugares para aprender el baile del rock and roll.

No son menores las procedencias geográficas de los músicos a la hora de trazar un mapa de conexiones. En ese sentido, los barrios porteños de Villa Urquiza y Parque Chas se llevan todos los laureles por ser las cunas de Eddie Pequenino, Johnny Tedesco, Johnny Carel, Alberto Alméndola y Fernando Bermúdez Lores (baterista de Sandro y Tedesco, futuro músico estable de La Cueva y creador del slang naufragar empleado en 1967 por la canción “La balsa”). Aunque quizás la cercanía de muchos recintos de baile haya influido en esta geografía, también es necesario decir que hubo otros circuitos muy poderosos por todo el país.

De la pelvis para arriba

Siguiendo la misma evolución del rock anglosajón, su par argentino no privilegió las letras hasta fines de los 60. Si bien se pueden hallar algunas preocupaciones por lo autóctono como el antes mencionado “Cuchi Cuchi” o “Maravilloso Twist en Buenos Aires” de Los Wonderful´s; o incluso temas de protesta como Los Chiquilines de Los Mac Ke Mac´s, queda claro que la rebelión pasó por el cuerpo tal como sucedía en Estados Unidos con un Elvis que no podía ser enfocado de la pelvis para abajo.

Al decreto antes mencionado hay que agregar las detenciones masivas que se practicaron en todo el país contra los chicos que bailaban rock and roll, o las respuestas que hicieron músicos como Pequenino del baile en medios como la revista Cantando (“el que es inmoral bailando rock es inmoral hasta bailando polka”). Si bien el epicentro de esta controversia se dio a fines de los 50, siguió dándose con mucha fuerza en los 60. A las complicaciones que tenía Pequenino para tocar en ciertos clubes según recuerda su baterista Jorge Padín, siguieron las cartas que recibía Johnny Tedesco de madres quejándose de sus movimientos pélvicos o la censura que sufrió en televisión Sandro a pedido de la Iglesia Católica.

Quizás sea imposible escindir cuerpo de estética, más en casos de rockeros como Sandro cuyo baile provocador estaba enlazado con un aspecto que incluía desde botas y camperas de cueros a cuidados insólitos para la época, como el delineamiento de los ojos. En ese sentido, fueron Sandro y Los Búhos (primera banda beat argentina) los que al final del período mostraron una gran preocupación por el aspecto visual que incluía detalles como la diagramación de las posiciones en el escenario hecha por el Gitano, o al baterista de Los Búhos tocando descalzo.

Pero la obsesión estética estuvo en las vestimentas desde los mismos comienzos del rock, pese a que sea difícil reconstruirla en virtud de los pocos registros existentes. La banda de Pequenino decidió incluir lazos en homenaje a los músicos estadounidenses de country. Johnny Tedesco fue famoso por sus pullovers, utilizados en retrospectivas anacrónicas para ridiculizarlo olvidando el hecho de que esos atuendos también eran marca distintiva de rockers como el británico Billy Fury.

La mayoría de los posters de época tenían que ver con la promoción de bailes y carnavales, compartiendo varios artistas la grilla. También había cartas de presentación o contratación; y un arte muy cuidadoso en las tapas de partituras, muchas veces fundamental a la hora de recabar datos de las agrupaciones y músicos de ese entonces.

Si bien las tapas de los discos no tuvieron el despliegue que se produciría en períodos posteriores, ya se notan ciertas preocupaciones de coherencia estética en las elecciones hechas por discográficas para grupos como Los 4 Planetas.

De Jazzlandia a Nuevaolandia

Los medios de comunicación ya funcionaban en cadena durante este período, particularmente durante los primeros 60 en que iniciativas como El Club del Clan estaban íntimamente ligadas a las discográficas y hasta poseían adaptaciones cinematográficas.

Durante los 50 programas radiales como Rock and Belfast (conducido por Jorge Beillard los sábados a las 20:05) y Melodías de Rock And Roll de César Lazaga por Radio Mitre difundían las novedades discográficas e invitaban a tocar en vivo a grupos como Los Paters. Recordemos que la mayor parte de la música emitida por radio y televisión debía ser interpretada por músicos en vivo, merced a las legislaciones imperantes. Esto producía que hubiera programas radiales reservados a figuras (El Show de Eddie Pequenino, que gozó de horarios prime time en Radio Splendid, es un ejemplo) auspiciados por una empresa particular y con la figura del presentador, propio de cada orquesta/artista (Ricardo Davis, en el caso de Pequenino). En los años 60, serían más importantes programas musicales como El Club del Clan o La Escala Musical, el cual también manejaba un circuito de bailes por toda Capital y el conurbano bonaerense. Si recordamos que La Escala había nacido como programa radial, podemos ver cómo se iban enlazando todos los medios de comunicación existentes.

En el marco de las publicaciones impresas, la revista Jazzlandia supo ser la primera en defender al rock and roll a viva voz y promocionarlo. Su edición de marzo de 1957 fue un ejemplo de número temático dedicado al rock, con una editorial defendiendo a viva voz el baile del rock. La Jazzlandia reunía letras a modo de cancionero, críticas de discos y repasos de carreras artísticas. Su mismo nombre es el testimonio de cómo el rock era concebido dentro de las huestes del jazz. A partir de 1959, se dedicaría exclusivamente a las nuevas músicas juveniles retirando al jazz de sus páginas.

Otras publicaciones pioneras fueron la revista Rock And Roll de 1956, que oficiaba de cancionero; y Elvis Presley: El Cantante Prohibido, de principios de 1957. Ambas revistas recuperadas por el coleccionista Carlos Rodríguez Ares prueban la existencia de publicaciones especializadas ya en los mismos orígenes del rock argentino.

A principios de los años 60 hubo un mar de publicaciones como Nuevaolandia, Nuevaolita que se caracterizaron por un aproximamiento a los artistas más cercanos al del periodismo de chimentos que a las críticas musicales de Jazzlandia. Era común la presencia de redacciones con un estilo de gacetilla de discográfica y la utilización de noticias tan rimbombantes como falsas para promocionar viajes inexistentes, accidentes que nunca ocurrieron pero provocaban pavor por el ídolo en cuestión, etc.

Un género discursivo por el que han pasado casi todos los artistas de la época fue el de la fotonovela, que creó hasta publicaciones especializadas como la revista Suspiros. Ejemplos tan peculiares como la fotonovela de Los Gatos Salvajes con Johnny Tedesco o la de Los Tammys actuando como Los Beatles dentro de La Cueva prueban que las transiciones entre los fines de este período y los comienzos del siguiente también fueron fluidas y poco rupturistas.

También debe atenderse al mundo cinematográfico. Algunas películas contienen pequeños extractos fílmicos de músicos, que representan el único testimonio en video de ellos. En cuanto a filmes temáticos, Argentina se adelantó con Venga a Bailar el Rock (estrenada el 29 de agosto de 1957) a todos los países de Iberoamérica exceptuando México, que en 1956 ya había estrenado tres películas de rock (Juventud Desenfrenada, Los Chiflados del Rock and Roll y Al Compás del Rock and Roll, trilogía dirigida por el español José Díaz Morales).

Algunos casos privilegiados para estudiar cómo el rock and roll se asociaba en Argentina con concepciones de decadencia moral son La Patota de Daniel Tinayre, que recurre a filmaciones en vivo de Billy Cafaro acompañadas de un baile exorbitantes para una trama que gira en torno a una maestra violada (¿referencia oblicua a Blackboard Jungle?); o Convención de Vagabundos, de Roberto W. Cavalotti, que superpone imágenes de Sandro cantando una versión en castellano de “Rit it up” con interrogatorios periodísticos sobre la juventud actual. Casi todo está por hacerse.

 

 

Víctor Tapia

(Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1995) es periodista e investigador. Es uno de los directores y columnistas del sitio Universo Epígrafe, revista electrónica dedicada a temáticas artísticas. Una extensa porción de sus artículos se entroncan con una investigación referida a los orígenes del rock argentino, tomando en cuenta el período 1955-1965. Actualmente está preparando un libro donde recoge parte de este trabajo, enfocándolo en los años 50. También está terminando de cursar la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. 

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