¡A naufragar! Parte 2

En un paréntesis de fervor político y violencia social, el rock argentino asiste a su propia primavera: entre el Rompan Todo de Billy Bond y las mañanas de Artaud.

Martín E Graziano

6 noviembre, 2019

La acústica reventada del Río de la Plata

Si la grilla del BA Rock 2 era un termómetro, el diagnóstico era fragmentado. Si crisis realmente significa oportunidad, el horizonte era un mar abierto. Realizado durante noviembre de 1971 en las instalaciones del Velódromo Municipal, el festival reunió a una grilla escindida entre solistas y colectivos inestables como La Pesada y La Cofradía. Los Aquelarre aún no estaban bautizados, Spinetta mandaba saludos desde Paris y el grupo alrededor de Pedro y Pablo se atrincheraba en una casa de la calle Conesa. Los paisanos de El Bolsón, mientras tanto, asistían al desembarco de la cruzada hippie. El futuro era promisorio, pero no tenía nombre.

 

La troupe de Billy Bond, en ese sentido, capturaba el zeitgeist. Un nodo poligámico y de puertas abiertas donde se tocaba un rock alimentado con iguales dosis de vísceras y ácido lisérgico. “La acústica planetaria del Río de la Plata era reventada –solía decir Jorge Pinchevsky-. En esa época era necesario romper”. Todo ese fervor maldito, traducido en butacas destrozadas y las pintadas de Pappo en la casa de Spinetta, llegó a su punto culmine con la muerte de Tanguito y el célebre “rompan todo” rebotando en la cúpula abovedada del Luna Park. El Acusticazo de agosto y el trabajo de Litto Nebbia con Domingo Cura parecían equilibrar la balsa, pero la polarización entre pesados y acústicos era una farsa. Después de todo, Edelmiro y Gabriela abrían el primer disco de Color Humano con una plegaria devocional.

 

A su alrededor, la violencia política estaba en plena escalada y la dictadura de Lanusse preparaba su salida. Jorge Pistocchi, aquel mecenas detrás de la ópera trunca de Almendra, le sacaba la ficha al momento desde su columna en la revista Pelo y Miguel Grinberg hacía lo mismo con El Son Progresivo: un ciclo radial destinado a hacer historia no solo por su rol como espacio de difusión sino también como usina. Transformado rápidamente en una trinchera contracultural, El son progresivo fue el motor que permitió el nacimiento de Rock Centro, la productora que organizó recitales de Moris, Pescado Rabioso y Pappo’s Blues en los escenarios del cine Studio o los teatros Olimpia y Odeón.

 

El tercer BA Rock los reunió a todos para asistir al bautismo del primogénito. En el escenario colorado de Argentinos Juniors, Charly García (acompañado por Nito Mestre: es decir, Sui Generis) cantó “Canción para mi muerte” e imantó a una segunda generación de espectadores. El director Anibal Uset, que estaba allí para filmar Rock hasta que se ponga el sol, tomó nota del fenómeno. Su película no solo se proponía registrar el festival, sino también la electricidad del momento. Uno de sus gags surrealistas adquirió peso simbólico: en el cuadro, los miembros de Pescado Rabioso caminaban hacia la cámara por una calle arbolada de San Isidro. Unos metros adelante, un auto con chofer depositaba en la puerta de su casa a una persona con abrigo de piel y, desde la vereda de enfrente, un joven de jean y patillas se disponía a disparar. Más de cuarenta años después, Peter Capusotto no podría repartir mejor los papeles: la guerrilla urbana de izquierda, por un lado; la burguesía capitalista, del otro. Lo que sucedía, sin embargo, no tenía nada de gracioso. David Lebón recibía el disparo en su abdomen y de inmediato se dirigía a su agresor con una rabia lacónica: “Pero… ¡qué hacés, loco! Te das cuenta. Pero mirá lo que me hizo este tipo: no me lo merezco. Si yo fuera otro tipo, ¿sabés lo que te hago?: te meto en cana”.

 

La tensión pedía decisiones. Con sus reservas, una parte del rock argentino suscribía al anhelo de las juventudes peronistas. Otro sector, más vinculado al anarco-pacifismo, miraba el asunto de soslayo. Con el tema en la mesa de actas, en el verano del 72 hacia el 73 se celebraron una serie de tertulias en la casa de Pistocchi: encuentros capitaneados por Grinberg y el propio Jorge donde se nucleaban Spinetta, Oscar del Priore, los hermanos Del Guercio, Marta Kelly, el poeta Hugo Tabachnik y Rodolfo García, entre otros. El cónclave entendía que era necesario capitalizar el hervor general para generar comunicación y conciencia. La primera decisión fue tan sencilla como desafiante: potenciar el encuentro en el espacio público.

 

Así, mientras el 31 de marzo se realizaba el Festival del Triunfo Peronista para celebrar la victoria de la fórmula presidencial Cámpora-Solano Lima, desde el bunker de Pistocchi comenzaba a cristalizarse la disidencia. El cantito acuñado por la izquierda peronista (“¡No somos putos, no somos faloperos, somos soldados de FAR y Montoneros!”) terminó por definir la ruptura. Tanto Grinberg (a través de su programa) como Pistocchi (desde su espacio en la revista Pelo) lanzaron una convocatoria abierta para reunir fuerzas los domingos en el Parque Centenario. Fue un éxito.

 

La multitud superó las expectativas. “Nos teníamos que dividir en unidades temáticas –recuerda Grinberg con Rock de Acá 2, el libro de Ezequiel Ábalos-. Es decir, un grupo de poesía, un grupo de música, un grupo de plástica, un grupo de psicología, un grupo de teatro, un grupo de cine… era ver las afinidades de la gente. No teníamos experiencia en manejar multitudes: y cuatrocientos tipos juntos en una plaza son una multitud”.

 

Todo ese combustible alimentó los nueve números de Parque: una revista artesanal donde, cada domingo, cualquiera podía colaborar con poesías, notas o dibujos. Así, al calor de mimeógrafos y sténciles, tomó forma una nueva forma de hacer periodismo y una agenda espontánea. Una especie de cadáver exquisito alternativo que, visto con la suficiente perspectiva, es el big bang de la prensa subte argentina.

 

Durante esos meses se estrenaron películas largamente postergadas como La Gran Comilona y, a través de la editorial De La Flor, se publicaron libros de alta graduación política firmados por Leroi Jones y Angela Davis. La migración psicodélica propició el regreso de Pipo Lernoud para allanar el desembarco del gurú Maha Raj Ji, Pappo’s Blues desarmó una de sus formaciones predilectas, Litto Nebbia publicó Muerte en la catedral y Roque Narvaja celebró Octubre como mes de cambios. La noticia, para entonces, corría las calles como un reguero de pólvora: Juan Domingo Perón preparaba su regreso.

 

Sin distinción, la masacre de Ezeiza descubrió a los jóvenes como grupo de riesgo. En los pasillos de Radio Municipal, los teléfonos no paraban de sonar: el público de El Son Progresivo quería saber si los Encuentros del Parque se seguirían celebrando a pesar del estado de violencia urbana e incertidumbre política. Grinberg tomó un libro de Julio Cortázar y leyó el cuento ‘Continuidad de los parques’. Todos entendieron la contraseña.

 

Unos días después, el Parque Centenario recibió nuevamente a la patria alternativa. Esta vez con el sobrevuelo de un helicóptero, la aparición de un patrullero de la policía federal y su tripulación con pipas y ametralladoras que encañonaban el césped. Aquelarre retrató la experiencia con un single exitoso, pero Spinetta fue aún más allá. Cifró, en un gesto inevitable, la red invisible que sostenía toda esa violencia. En las cuevas de Phonalex, la sangre que manaba tanto de la oreja de Van Gogh como de los trece muertos de Ezeiza y Heliogábalo corría en la misma dirección y hacia las letrinas de la historia.

 

Tiempo Divino, la revista de militancia devocional dirigida por Lernoud, no iba a la saga: “La solución al problema de las drogas”, decía en su portada. En los años más duros de esa violencia político-social y del reviente porteño, sus reuniones en un caserón de la calle Costa Rica se transformaron en un oasis de paz. Un espacio de meditación y recuperación que puso en conflicto el uso de psicoactivos, encontró muchos adeptos (desde David Lebón hasta Gustavo Gauvry, pasando por los Cutaia) y sembró la semilla de Oriente en el núcleo entre los cófrades.

 

Algún Día y Mordisco, las dos revistas que aparecieron a mediados de 1974, fueron las primeras en cristalizar la agenda de esa vida alternativa. Un sumario donde se desplegaban notas sobre ecología, cine de vanguardia, misticismo oriental, sexualidad y pueblos originarios. Como Kafka, la contracultura había generado sus propios predecesores: Escher, Macedonio Fernández, Thoreau, los escritores de la Beat Generation, Xul Solar, Carl Gustav Jung, etc. Un abanico de intereses disímiles unificados por el rock durante la avanzada de la Triple A.

 

A fines de ese mismo año, Charly García capturó el signo de los tiempos. Con Sui Géneris convertido definitivamente en una banda, compuso una serie de canciones que bautizó Instituciones. La censura, para entonces, no era una abstracción. Las amenazas tampoco. El disco tuvo que atenuar su nombre (Pequeñas anécdotas sobre las instituciones) y extirpar algunos temas y versos de su repertorio. Así, con las calles en estado de sitio, el grupo salió a defenderlo y se encontró con su final.

 

El 5 de septiembre de 1975, el estadio Luna Park atardeció rodeado por unos treinta mil jóvenes. El cineasta Bebe Kamín registraba el ingreso mientras García, a bordo de un Citroen 3CV, giraba alrededor del estadio fumando marihuana y tomando nota del fenómeno. Una suerte de masividad clandestina en las puertas mismas del infierno. El Proceso estaba a la vuelta de la esquina.

Martín E. Graziano

(Tres Arroyos, 1980) es periodista, Licenciado en Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó el libro Cancionistas del Río de la Plata y junto a Sebastián Benedetti el libro Estación Imposible (Expreso Imaginario y el periodismo contracultural). Colaboró en revistas como La Mano, Planeta Urbano, TDI, Gata Flora y Nómada y publicaciones de crónica latinoamericana como Gatopardo (México) y Séptimo Sentido (El Salvador) han editado sus reportajes. Actualmente escribe sobre música y culturas populares en Rolling Stone, G7, Rumbos, La Pulseada. También es productor cultural, columnista de Radio Universidad de La Plata y ha participado como autor en el volumen colectivo La Plata, ciudad inventada.

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