¡A naufragar! Parte 1

Desde los manifiestos fundacionales de Miguel Grinberg y Pipo Lernoud hasta el éxodo y la explosión de 1970: la crónica cuadro por cuadro de un alumbramiento.

Martín E Graziano

6 noviembre, 2019

Toda la gente linda

Ahí estaban los jóvenes viejos. Desorientados en el alba de los sesenta, retratados en puntilloso blanco y negro por la película de Rodolfo Kuhn: no estaban dispuestos a ponerse los zapatos de sus padres, pero tampoco sabían exactamente hacia donde salir corriendo. Como todavía no existía la cultura rock que arrastrara todo ese sedimento, la banda sonora era la música de Sergio Mihanovich, Baby Lopez Furst y otros cracks del jazz porteño. Así, mientras caminaban por la playa y se preguntaban por el curso de sus vidas, vestían trajes oscuros y poleras existencialistas. Parafraseando a Bob Dylan: eran más viejos entonces, fueron más jóvenes después.

 

Desde sus notas y editoriales en Eco Contemporáneo, Miguel Grinberg trazó el perfil a mano alzada de esa generación: los mufados. Los jóvenes que repudiaban la cultura oficial pero también las manifestaciones de la izquierda intelectual y partidaria. “Para el Pentágono somos comunistas, para el Kremlin somos capitalistas –decía Grinberg en el octavo número, fechado en 1965-, para los chinos somos burgueses, para los burgueses somos degenerados, para la Iglesia somos ateos, para los ateos somos imbéciles místicos, para los guerrilleros somos diletantes, para los gendarmes somos terroristas. Con tal pedigree veo oscuras planicies en nuestro futuro. Todo por insistir en ser libres”.

 

Mientras recorría la calle Corrientes, un joven llamado Pipo Lernoud tropezó con esa misma revista. Si bien se había formado a tientas con lecturas existencialistas y de izquierda, el timbal de Grinberg dio la nota justa. Siguiendo el sonido del encantamiento, Lernoud bajó las escaleras hacia un sótano de la Avenida Pueyrredón al 1700. Era el invierno de 1965. Abajo, mezclados con jazzmens y meros cafiolos, estaba el cambio de guardia: Moris, Pajarito Zaguri, Tango y Javier Martínez. Cada uno puso su historia sobre la mesa, frotaron las piedras y comenzaron a alimentar el fuego. Cambiaron a Nietzche por Whitman y, siguiendo a los personajes de Kuhn, hicieron dedo hasta Villa Gessell. A orilla del mar, como es fama, sucedieron los bautismos.

 

De regreso en Buenos Aires, Lernoud escribió un panfleto dirigido a los intelectuales ‘que perdieron el tren’. “Pensaba en las revistas y los poetas de la calle Corrientes: Opium, La Rosa Blindada, la generación de los poetas comprometidos del pobre obrero y la vida triste del tango –dice Lernoud, sobre su textos de principios de 1966-. Había leído a Sartre, toda la izquierda, y ya se le veían las costuras a la revolución cubana. Grinberg mostraba la persecución de los homosexuales y la prohibición de los Beatles”.

 

En la Argentina (probablemente en todo el mundo), los intelectuales perdieron el tren. Todos quedan girando en larguísimas discusiones que desembocan en la frustración. El intelectual porteño es el animal más inútil del universo. Se muere en un café, resolviendo complicadas abstracciones, vestido de cadáver, mientras a su lado pasa la vida, en colores y cinemascope. Camarillas, elites, grupos que dicen «luchar por la cultura popular». Mediocridad, estupidez, aburrimiento, sadismo imaginario, absoluta falta de creación. Desde el surrealismo, en el mundo no pasa nada capaz de conmover realmente a esos bichos anteojudos. Se embarcan en extrañas retóricas populacheras, se atan a esquemas, no exigen nada, no se les pide nada, no se les teme. Publicar un libro de poemitas sobre las madres proletarias, mil lectores, los mismos que compran las revistas literarias de moda. Y entonces reunirse, hablar de Sartre, una exposición de imitadores, marxismo de entrecasa, psicoanálisis para curarse del hastío.

 

Henry Miller dijo de los poetas: «Debe ser la suya una voz capaz de ahogar el trueno de una bomba». Por supuesto, los poetitos de la calle Corrientes prefieren la cultura «valiente y popular» de sus mil lectores. Afuera de ese olor a podrido, Los Beatles tapan el rugido de la bomba con canciones furiosas y ropas de colores. Inauguran una juventud que se tira a dormir en la calle y hace el amor en las plazas. Hasta la Reina se queda en la horma. Bob Dylan levanta a toda una generación. Todo hierve. Hay mucho comercio detrás, está bien, lo sabemos, pero ¿y? El cambio se da, no importa el esquema teórico con que intentemos liquidarlo. Los Beatles critican la guerra de Vietnam, apoyan el laborismo, dicen que Jesús está pasado. Y su voz es inmensa, llega a todos los rincones, los murmullos de los literatos de sobaco no se oyen. Hace falta el estruendo! Señores, no se mueran….

 

Mientras el panfleto circulaba de mano en mano, Moris, Zaguri y Javier Martínez cerraban la formación de los Beatniks con Antonio Pérez Estévez y Jorge Navarro. El ensamble era simbólico: tres jovencitos iluminados por el rock & roll y dos músicos de jazz habitués de La Cueva. La brecha etaria parecía insignificante, pero a cada lado de ese par de años se tendía el puente entre las generaciones.

En el otoño de 1966 consiguieron unas horas en los estudios CBS y para el 2 de junio ya entraban a grabar su primer y único registro fonográfico. Podemos imaginar la escena. Un golpe seco de batería abre el shake sin mayores novedades hasta que comienzan a cantar y los técnicos del estudio se miran confundidos.

 

Rebelde me llama la gente,

Rebelde es mi corazón,

Soy libre y quieren hacerme

Esclavo de una tradición.

 

¡Cambien las armas por el amor

y haremos un mundo mejor!

 

Quizás hoy pueda resultar naive, pero esa letra empujada por la actitud desafiante de Los Beatniks ya cifraba la clave: las dos rupturas fundamentales de la contracultura, esbozadas a los gritos y rudimentariamente. En primer lugar, con el lugar que la sociedad más conservadora reservaba para los jóvenes (‘la tradición’), pero también con la insurrección (“las armas”). El rock tenía otros planes.

 

Acompañado por un pequeño ardid publicitario, el 12 de junio se publicó el simple con “Rebelde” en la cara A y “No finjas más” en la cara B. Dos semanas más tarde, la autodenominada Revolución Argentina instaló a Juan Carlos Onganía como presidente de facto y la vida cultural quedó en suspensión. El simple de Los Beatniks vendió solo doscientas copias y la banda comenzó a desmembrarse, pero ya se había corrido la frontera. No solo eran el primer emergente de la movida de La Cueva que lograba dar el paso y grabar por fuera de las maquinaciones de la Escala Musical, sino que tanto ese tema como el texto de Lernoud trazaban un mapa. Con sus límites, su centro y su periferia. Eran, a su manera, un manifiesto. Es verdad, sin embargo, que el simple de los Beatniks llenaba solo la mitad del vaso: la letra era nueva, pero la música estaba a punto de ser vieja.

 

Solo dos meses después, los Beatles editaron Revolver y le soltaron la mano a toda una generación. Ya no había nada que imitar. Los Beatles, que habían fertilizado el planeta, ahora empujaban a sus cachorros a dejar el nido. La primavera de 1966 era, entonces, el grado cero de la psicodelia latinoamericana: todas las bandas formadas a imagen y semejanza de los Fab Four comenzaban sus procesos de ruptura (Los Gatos Salvajes de este lado del Río de la Plata; Shakers y Malditos del otro) para trabajar con otros materiales. ¿Cuáles? Pues los que tenían a mano.

 

Hacia fines de ese mismo año se realizó la primera edición del Festival Aquí, allá y en todas partes en el Teatro La Fábula. Un encuentro organizado por Grinberg y Susana Salzamendi donde tocaron, repartidos entre las fechas del 7, el 14 y el 21 de diciembre, artistas como Moris, Tanguito, Morgan X (el propio Miguel), Javier Martínez, Bob Vincent, The Seasons y Susana. Mientras tanto, en la ciudad de Rosario, el guitarrista y estudiante de medicina Kay Galiffi abandonaba la ciencia de Hipócrates. Parece un dato intrascendente, pero no lo es: ese renunciamiento no solo cerró la formación de Los Gatos, sino que en marzo de 1967 permitió su desembarco definitivo en Buenos Aires.

 

Poco después Los Gatos comenzaron a foguearse y se integraron a los náufragos que hacían un surco entre Plaza Francia, La Cueva y La Perla del Once. Tenían una idea bastante particular de la “difusión”. Llegaban a un bar, pedían un café para todos y alguno arrancaba a cantar para los parroquianos. No su canción, sino la canción de cualquiera del grupo. El 2 de mayo, en aquella escena arquetípica del rock argentino, Nebbia encontró a Tanguito en el baño de La Perla y llevó su canción desde la ruptura (“el mundo de mierda”) hacia la aventura (“con mi balsa yo me iré a naufragar”). Desde la intuición feroz de un muchacho del conurbano hacia la armonía de un rosarino criado entre discos de jazz y bossa nova. Ya no había retorno posible.

 

El 19 de junio, Los Gatos entraron a grabar su prueba para RCA. Tenían un solo tiro y estaban decididos a aprovecharlo. Aunque las autoridades del sello aconsejaron revisar la letra de “Ayer nomás”, la canción de Moris y Pipo Lernoud que escogieron para el Lado B, decidieron seguir adelante con el tema atenuando sus resonancias políticas. El simple de Los Gatos, de esa manera, concentraba a cuatro autores: Tanguito y Nebbia (La balsa), Moris y Lernoud (Ayer nomás). Esa identidad, colectiva y espontánea, es el núcleo indivisible del rock argentino.

 

Aunque tenía toda la frescura de un descubrimiento, la letra de “Ayer nomás” tendía un puente con el linaje de la música de Buenos Aires. Con el tango canción garabateado en los bares. Con las elucubraciones amorosas del pensionista en una ciudad en blanco y negro. “La balsa”, por su lado, era una flecha en dirección hacia el futuro: el batido de la guitarra eléctrica, la progresión inspirada en “Garota de Ipanema”, el Farfisa. La bendita idea de soltar amarras en busca de la trascendencia vital. De los éxtasis. Si el canto de Nebbia es una flor, su perfume es la identidad inaprensible.

 

Aquel simple de Los Gatos vendió doscientos mil ejemplares. Para medir el diámetro de su onda expansiva, el grupo de La Cueva lanzó una convocatoria abierta para “toda la gente linda, melenuda, hippie, o como se te ocurra llamarle, de Buenos Aires”. La fecha y el lugar eran simbólicos: el 21 de septiembre (día de la primavera) en la Plaza San Martín (zona céntrica y porteñísima). Para horror y sorpresa de los ciudadanos respetables, doscientos muchachitos que habitualmente escondían su melena bajo la solapas de sus sacos se arrebolaron en el pasto con el pelo a los cuatro vientos. No tardaron demasiado en llegar los periodistas y todo el asunto tomó el cariz de una presentación en sociedad.

 

Esa primavera, como cabía esperar, estuvo llena de frutos. Tanguito escribió “La princesa dorada” y, como autor de la letra de “Ayer nomas”, Pipo Lernoud fue convocado por Ben Molar para la edición de su partitura en Fermata. Miguel Abuelo se coló en la reunión y, con su habitual desparpajo, respondió afirmativamente cuando Ben Molar le preguntó si tenía una banda. “Mi computadora, que caminaba muy rápido, sondeó el fondo de mi alma y encontró una frase del gran Leopoldo Marechal –solía contar Abuelo-. Esa frase del libro El banquete de Severo Arcángelo decía «Padre de los piojos, abuelos de la nada»”.

 

Almendra no tenía nombre, pero ya estaba componiendo el “Tema de Pototo”. Manal existía, pero aún no era exactamente una banda: era una conjetura. Era el puñado de átomos dispersos que, magnetizados por la música negra, estaban a punto de colisionar en algún punto de Buenos Aires. A comienzos de 1968, Claudio Gabis dio el primer paso y programó unas horas en el estudio que el pianista Jorge Tagliani tenía cerca de Primera Junta. El objetivo era, en el sentido más exacto de la palabra, hacer una experimento: juntarse en el mismo cuarto con Javier Martínez, Emilio Kauderer y Rocky Rodriguez para observar qué clase de música drenaban.

 

Esos tipos no solo estaban catalizando el ruido nuevo que hacía la ciudad. Eran su encarnación completa: todos los sueños, las rupturas, el vacío, la ansiedad, la furia, los colores. Rayuela y el Di Tella; el asesinato del Che y la carrera espacial; los Bastones Largos, las revistas literarias de la calle Corrientes y las poleras de los existencialistas. Enmarcado en sus gafas de pasta negra, Javier Martínez era la imagen viva de los sesenta: moderno para siempre. El cineasta Ricardo Becher, que tenía una antena sensible, lo advirtió de inmediato.

 

Basado en una novela firmada por Sergio Mulet, Becher quería capturar el espíritu de la época con una película titulada Tiro de gracia. El ambiente del naufragio, la vida al día, el idioma porteño del amor sesentista. Convocó a Martínez para interpretar a uno de los personajes y, en el medio del rodaje, le soplaron que su actor tenía una banda de rock. Ni lerdo ni perezoso, Becher se asomó en el estudio de Tagliani para escuchar esa música y fue sacudido por el viento de los vivos. “Estoy en el infierno”, el tema central de aquellas cintas, era una sesión de magnetismo entre Hendrix y Stravinsky en una de las mesas del Bar Moderno. El chispazo que se produce cuando un pensamiento de orden filosófico se expresa de un modo salvaje. “Vengan a verme / Estoy en el infierno / Vengan a verme / Estoy aquí / Este es mi hogar / Aquí no paso frio / Un diablo azul y otro gris / me protegen a mi / Vengan a verme / yo vivo aquí / Aquí en el infierno / Me estoy quemando / ¿Qué opinan de mí? / ¿Y de mi hogar? / Me estoy quemando / No tengo miedo a las ruinas / Heredare a la tierra / Llevo un mundo nuevo / dentro de mi / Un nuevo mundo / que crece en mi / que ahora está creciendo”. Esa música, como diría El Perseguidor, Manal la está tocando mañana.

 

Así, mientras el grupo integraba a Alejandro Medina para presentarse como número estable en la obra VietRock del Teatro Payró, todos los miembros de Almendra asistían al estreno de María de Buenos Aires. Como una mancha de humedad, todo crecía desde el centro hacia la periferia: Gustavo Santaolalla ponía a germinar el embrión de Arco Iris en Ciudad Jardín, desde La Plata llegaba una avanzada que auguraba la existencia de La Cofradía de la Flor Solar y, en un pueblo de Santa Fe, el cantante de Los Moscos (un tal Raúl Alberto Gieco) consideraba la posibilidad de viajar a Buenos Aires para probar suerte.

 

Aún no existía, sin embargo, el rock argentino como concepto. Como lo prueban los sumarios de Pinap, la revista que retrataba la cultura joven de aquellos meses, Los Gatos convivían con Donald o Palito Ortega. El lanzamiento del sello Mandioca, en ese sentido, fue una línea trazada en el suelo. Así, el disco debut de Almendra quedó de un lado y el Sandro baladista del otro.

 

1970 fue un año decisivo. Manal, Moris, Vox Dei y Arco Iris grabaron sus discos debuts así como Pedro y Pablo recibía el correctivo de la censura por “Apremios ilegales” y “Catalina Bahía”. Como un desprendimiento de Pinap, Osvaldo Daniel Ripoll fundó la revista Pelo y para fines de año se ocupaba de editar el primer libro dedicado al fenómeno: Agarrate!!!, publicado sin firma autoral pero con textos de Juan Carlos Kreimer y fotos de Oscar Bony. La revista y el libro señalaban las coordenadas de un primer mapa posible: el rock argentino (o rock nacional: es decir, la música que drenó el grupo de La Cueva) se consolidaba como trinchera.

 

En ese origen bíblico es tan o menos importante el rock & roll de Eddie Pequenino que la tradición de la música porteña y todos esos elementos dispersos que convenimos en llamar ‘los sesenta’. Por un lado, aquellas señales de la sintonía planetaria: Vietnam, el existencialismo francés, la minifalda, el descubrimiento cultural de Oriente, Jimi Hendrix, la nouvelle vague, el boom de la literatura latinoamericana, los Beatles, las marchas por los Derechos Civiles, etc. Por otra parte, las cepas regionales. El tango de Piazzolla y el cine de Kuhn. La revista Eco Contemporáneo, la programación del Instituto Di Tella y los artistas de aquello que vagamente se dio en llamar Nueva Canción: el repertorio de Jorge de la Vega, Nacha Guevara, Federico Peralta Ramos, María Elena Walsh, Miguel Saravia, Dina Rot, Facundo Cabral, Mariquena Monti, Poni Micharvegas y varios más.

 

-No me vas a ver más, porque voy a entrar en la clandestinidad -le dijo Manuel Belloni, uno de los primeros montoneros asesinados, a Pipo Lernoud. Estaban sentados del mismo lado de la barra del Bar El Moderno, pero frente a frente.

 

La frase fue el prólogo para la gran temporada de la eclosión. En el preciso momento en el que los Beatles llegaban al final de su idilio generacional, el rock argentino tocaba su cenit con la primera edición de BA Rock y divisaba su primera crisis. Para finales de 1970, Mandioca había quebrado y tanto Manal como Almendra y Los Gatos se separaban. «No nos dividimos, nos multiplicamos –sentenció el guitarrista Edelmiro Molinari-. Yo creo que va a haber más música».

 

Algunos de esos muchachos de pelo largo y chicas con polleras gitanas ya habían sido capitalizados para montar Hair en Argentina. Dentro de ese elenco comenzaron a incubarse las ideas comunitarias y de vida alternativa que la obra proponía. Dos de los protagonistas eran Susy Debert y Teddy Vega, actores y diletantes nacidos del núcleo del Di Tella. Susy estaba embarazada y decidida a que su hijo creciera fuera de la ciudad. Habían esperado la nochebuena del ’70 en una plaza. Tomaron mescalina y pidieron una señal.

 

“Vimos caer una estrella fugaz enorme, eran justo las doce de la noche y empezaban a estallar los cohetes celebrando la Navidad –recordó Susy en el libro Era sólo rocanrol, del fotógrafo Uberto Sagramoso-. Sentimos que la estrella nos marcaba un camino, y siguiéndolo vimos un gran cartel que decía ACA. Claro, era el Automóvil Club Argentino. Cuando llegamos allí no había nadie, salvo el cuidado que estaba festejando la Navidad con su familia en una oficinita. Se impresionaron mucho con nuestra llegada, nosotros andábamos con túnica, capelina y pelos largos. Además les caímos justo a medianoche en plena Navidad, pero igual nos invitaron a tomar sidra con ellos. Les pedimos un mapa y, uniendo el punto donde estábamos con la dirección en la que se había desplazado la estrella, trazamos una línea a través del país que pareció llevarnos a un pueblito del sur llamado El Bolsón”.

 

Martín E. Graziano

(Tres Arroyos, 1980) es periodista, Licenciado en Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó el libro Cancionistas del Río de la Plata y junto a Sebastián Benedetti el libro Estación Imposible (Expreso Imaginario y el periodismo contracultural). Colaboró en revistas como La Mano, Planeta Urbano, TDI, Gata Flora y Nómada y publicaciones de crónica latinoamericana como Gatopardo (México) y Séptimo Sentido (El Salvador) han editado sus reportajes. Actualmente escribe sobre música y culturas populares en Rolling Stone, G7, Rumbos, La Pulseada. También es productor cultural, columnista de Radio Universidad de La Plata y ha participado como autor en el volumen colectivo La Plata, ciudad inventada.

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